Monday, 30 March 2009

The fool on the hill

Estos últimos días han sido como si quienes se interesan en leerme (y en hablarme y en quererme) hubieran sido invitados a una lectura de Tarot en la que, como carta principal, salió el loco –para la mayoría, además, probablemente salió al revés. Para mí la sorpresa ha sido la suya. Pareciera que se esperaban sólo signos de bonanza y augurios de felicidad, pero el loco, con el siguiente paso hacia el abismo, ajeno a todo, con la mirada perdida y la flor en la mano, parece más impresionante aún que la muerte. Y yo que lo veo como una carta linda, como un personaje que no sabe muy bien nada y sin embargo canta y baila sin interés alguno en saberlo. El loco entre los cuerdos tiene el poder de hacerlos recordar que, a pesar de que quizá no todos tengan al músico o al poeta, el loco nunca falta; esta allí, conversando con otros, hablando de la vida cotidiana, escribiendo un blog. Parece tan convencional, tan como todos, tan conforme, tan fuerte, tan capaz… El loco se tambalea. De pronto todos miran. No hubo aviso, no se le veían signos, no se echaba a llorar sin pretexto, no platicaba con su sombra en las esquinas de los cuartos, no estallaba en pedazos, no miraba los cuchillos sospechosamente cuando cocinaba, no se alcoholizaba hasta no saber quién era, no se desnudaba a la menor provocación. Era un loco que parecía cuerdo, tan cuerdo como nosotros, los otros. ¿Estaremos locos también? ¿Qué habremos hecho para que este loco se descubra? ¿Qué nos hace merecedores de un loco, este loco, entre nosotros? ¿Qué le ha dado el derecho de cansarse, de intentar huír, de no querer continuar? No puede ser así, tiene que componerse. Tiene que ver la luz y seguir adelante. Tiene que reaccionar y vivir porque no ha vivido suficiente. Tiene que concentrarse en lo que tiene. Lo que tiene bueno, claro. Hay tanto bueno alrededor, basta con ver la carta: paisaje hermoso, perrito que le ladre, sol brillante. Lleva ropas vistosas, botas llamativas, sombrerito de pluma, hasta equipaje al hombro indicando que algo posee. No sabemos cómo se siente loco el loco, cómo llegó hasta allí, convertido en un loco, tontamente mirando a lontananza, perdido en una canción que le hipnotiza, tarareando su mantra. Mas, pobre loco aquél que sabe que está loco. Pobre porque sí ha visto el abismo delante y ha escuchado el aviso de su perro, y ha leído en el cielo y en el agua que no hay otra manera de asumirse. Se ha detenido allí, en el arcano, para decir a todos que está loco. Llegó a la orilla y aspiró este aire, miró hacia abajo y no pudo ver nada. Tuvo que reunir fuerzas para entender que no había podido simplemente ser loco y dejar de ser, y en cambio seguía siendo. Tuvo que sentarse. Tuvo que contestar preguntas para las que ya no hallaba respuesta e intentar explicarse. Tuvo que aclarar que no era una repartición de culpas. Tuvo que lidiar con la visión de su tristeza reflejada en los rostros los otros. Oyó que le querían más veces de las que recordaba en muchos años. Tuvo que pedir tiempo, y paciencia, y confianza. Tuvo que desarmar el atado que cargaba y observar los contenidos, uno a uno. Acarició al perro y sembró la flor.

Tiene una cita el martes. Pobre loco. Tendrá que echar a andar de nuevo, y temprano. Tendrá que verse otra vez al espejo. Tendrá que calzarse las botas amarillas y ponerse el sombrero y tomar la pesera. Tendrá que encontrarse con más sinsentidos, tendrá que tropezarse con más piedras, tendrá que conseguir una sonrisa para los días nublados, aunque venga embotellada y con receta. Tendrá que olvidar.

Sólo que ahora se sabe que algún día recorrió la ruta hacia el despeñadero.

El siempre genial y guapísimo Lindsey Buckingham con Go Insane:

Two kinds of trouble in this world: living, dying / I lost my power in this world and the rumors are flying...

Wednesday, 11 March 2009

Failure

Resulta que el sábado pasado me tragué un docena de Tafiles. Había estado rondándome la idea desde que el Dr. Prescripciones Gratis -egresado de la Universidad del Vademécum- me dió la mitad de una pastilla tras uno de esos días en los que simplemente no pude dormir. Me fijé dónde estaban (nada realmente fuera del alcance de mis impulsos suicidas, sinceramente) y con los días lo sentí incluso como una franca invitación. Conté las pastillas: doce. Fáciles de tragar, porque hago esfuerzos hasta con las aspirinas. Aún así me preparé para un fin de semana bueno, aunque el ánimo siempre está a la baja. Pero en la madrugada del viernes, solitita como suelo estar frente a la compu, oyendo a Radiohead incesante y magnífico, llegué a la conclusión de que Idioteque debería escucharse al menos bajo el suave influjo de la mariguana. Por ahí tenía un guardadito añejo (realmente añejo, para los conocedores, porque tenía más de diez años conmigo) que, como buena consumidora hiper-esporádica, me hizo agua la boca. Busqué y rebusqué –eso de vivir con otros tiene muchas desventajas en estas cuestiones- y en lugar de encontrar mi añorado tesoro, encontré otras cosas que me echaron a andar nuevamente la cabeza. ¿Quién es esta persona que comparte mi espacio? ¿Cómo es que llevo más de veinte años invertidos en él sin conocerlo? ¿En qué clase de persona me convierte seguir así? Bueno, y en general ¿por qué sigo aquí –en este lugar, en esta ilusión, en esta vida? ¿Cuál es el caso de abrir los ojos, de levantarse, de seguir los días? Ciertamente no soy rescatable. Para accidentes casuales ya estuvo bien, para experimento ya me harté. Y a pesar de eso me fui a la cama sobria como el gato del vecino (que ya sé que el vecino no lo está tanto), esperando conseguir respuestas a mis ahora varias preguntas, no sólo la inocente “¿dónde está mi mota?”, después del sueño. El sábado me bañé perfumada con olor a toronja, me depilé y me dije que, si nadie lo notaba viva, al menos mi incineración no olería tanto a pelos. Me reí. Puse empeño en mi cabello –todavía algo de mí que a veces quiero. Con el atardecer llegó el momento de hurgar en ese otro. No hubo revelaciones, más “no sé”, otros “ya no me acuerdo”. El Alzheimer selectivo presente de nuevo. Y sin droga, sin ánimo, vacía, incluso maltratada como cada que levanto la mano y cuestiono, vi el DVD que el otro había elegido, que en un intento por ser amable me había invitado a ver y que yo, en un gesto de voluntad incólume (como, aunque nadie crea, tengo muchísimos últimamente) accedí a ver con él y terminé viendo sola, con ronquiditos de fondo. Apagué la TV pensando que no era el título que hubiera elegido para la última peli de mi vida cinéfila. Y entonces todo fue esplendorosamente claro: no había más. No era nadie. Respiraba el aire que podría servir a otros con más sueños, me comía el alimento que otros podrían usar para tener la esperanza de la que yo sólo carezco. Me fui a la cama y pensé en mis hijas, la única responsabilidad mía (¡y de qué tamaño!). Lloré al recordar sus caritas, sus sonrisas, sus voces, sus abrazos. Ellas existen como la muestra palpable de que algún día creí que la vida era hermosa, lo suficientemente buena como para hacer que otros la tuvieran. Ellas no son un error, mi error fue esa falacia, que ahora no puedo continuar más. No puedo mantenerla, ni económica ni espiritualmente. No puedo mentir. La ignorancia la dejó llegar hasta allí, a pesar de los indicios a través de los años, de las muertes, de las “malas rachas”. Pero ahora lo sé, sé que no hay lógica ni correspondencia entre lo que se hace y lo que ocurre, entre lo que se invierte y lo que se cosecha. Sé que el amor puede ser inconmensurable, porque lo ejerzo así, y sé que no es suficiente. Sé que los pensamientos positivos sólo sirven para darse topes contra las paredes una y otra vez, sé que no habrá manos que puedan levantarme más que las mías propias, y ahora no lo hacen. Sé que “la chispa de la vida” no está en una botella, ni en una religión, ni en un trabajo. Sé que uno se la pasa poniendo fe y empeño en cosas y gente que no merece ni valora, sé que el trabajo no da el feliz solaz de la satisfacción pagada o el retiro tranquilo, sé que el cuerpo se acaba y sé que sus placeres son los más ciertos y los más efímeros. Sé que saber devasta, y sé que todas las cosas que no sé me destruirán un día. Sé que cada instante, cada paso, cada idea, cada palabra, puede ser un error que pasará factura eventualmente. Ya no quiero seguir balanceándome sobre esta cuerda floja, quiero dejar las cosas como están para mí, porque sé que siempre pueden ser peores. ¿Quién va a educar a otros con estas verdades? Creo que cuando mis padres llegaron a esta conclusión, el daño estaba hecho. Mejor aún, quiero creer que ellos todavía piensan que la vida es esa oportunidad única para ser feliz. Pero estoy agotada. Y me senté a escribir una nota mucho más corta que ésta, a mano y con mi bolígrafo favorito. Estoy gastada, puse, amo a mis hijas, hago más daño que bien, lo siento. Podría transcribirla, para que diera fe de que pensé en las cosas prácticas como mi cuenta de banco (que tiene sólo el dinero para los próximos pagos), en mi departamento y en el coche que está a mi nombre. Expliqué mi firma paso a paso, para que hicieran cualquier trámite más fácil, y dudé si tendría que dar instrucciones sobre quién podría firmar el acta de defunción para evitar investigación y autopsia. Pero no quise –un último acto de rebeldía para que quien me encontrara hiciera uso de la creatividad autónoma que tengo claro posee. Preparé medio vodka tonic (¿para qué más?) y saqué las pastillitas. Volví a contarlas: doce. Las dividí en grupos de tres, para cuatro tragos, y luego caí en cuenta de que exageraba. Me senté de nuevo en la cama. Lloré otra vez. ¿Conque usando a mis hijas como pretexto para aferrarme? ¡Pero si me la paso siendo una piltrafa todo el tiempo! ¿Qué ejemplo es ése? Mi cerebro se turnaba frases de canciones, el final de Fake Plastic Trees: “If I could be who you wanted all the time” ¿y quién es la que quisiera ser? ¿Quién es la que quisieran los demás que fuera? ¿Sonriente, metódica, irracionalmente optimista? Yo no quiero ser esa. Más importante aún, yo NO SOY esa. No PODRIA ser esa. Serrat dando razones con su Porque la Quería: “Se fue, para siempre, quiso poner a salvo aquella imagen” y sí, yo no confío en mí, y quise asegurarme. Me llevé el vaso a la cama, las pastillas en la mano. Las puse en mi boca. Necesité dos tragos. Me bebí el resto de uno sólo. Como no caí al instante, llevé el vaso al fregadero –que en un disimulado y humilde intento por emular a Sylvia Plath había dejado limpio- y volví a la cama. Las estrellas fluorescentes que pegué al techo entre el cielo raso que pinté para hacer de ese cuarto el de mis hijas me recibieron radiantes. Mi corazón palpitaba con la conciencia de saberme viva por última vez. Quise agregar un toque poético conectándome al Ipod mientras moría. Cerré los ojos.
El domingo los abrí. Rápidamente destruí mi nota. Volví a cerrarlos. Estuve despierta unas horas y dormida muchas más. Me sentí Gauguin, traicionada por mi propio arsénico. Qué irónico. He vivido para ser testigo de otro de mis fracasos. Inútil hasta para dejar de serlo. Ahora ya no tengo fe ni en la muerte.
¡Maldición... me acabé los Tafiles!

¿Qué más hay que decir?

Saturday, 7 February 2009

Starlight

Hace ya mucho tiempo que le estoy debiendo al amor un post. Y es que es tan complicado que cada vez que pienso en escribirlo se me antoja tocar tantas aristas que cada una amerita un ensayo. Quizás lo peor –y lo más maravilloso- del amor es que no es estático. Esto implica que no sólo él cambia, sino también las ideas que tenemos de él a través del tiempo. Este humilde espacio es, pues, también momentáneo; lo que aquí exprese es lo que en este instante aplica, lo que ahora es y que continuamente se transforma. Por eso puede que me sienta atraída a iniciar con el pasado, los amores de ayer vistos desde la ventana del hoy. Y debo comenzar con la primera probada del amor, tanto en la propia historia como en todas y cada una de las historias de amor que llegan a hacerse tales, el enamoramiento. Estar enamorado es como estar frente a un cuadro impresionista: todo se ve tan real, tan perfecto, tan vívido, tan lleno de color, tan magnificente. Acercándose a él, con pasitos ávidos, nos lleva a ver las pinceladas, los trazos, las imperfecciones. Aquí mi primer disentimiento con la creencia popular: el amor no es ciego, es el enamoramiento el que es miope. Y conforme conocemos al objeto que nos ha enamorado afinamos la vista. Entonces -si encontramos fascinantes las irregularidades, tolerables los errores, manejables las formas, encantadoras las intensidades del color-, podemos revelar una imagen real sin retoque y sin trucos. A veces en el proceso terminamos con un cuadro de Picasso, digamos; un ojo aquí, una mano allá, algo que nos remite a lo conocido pero en una versión que nos asombra, que nos hipnotiza, que seguimos mirando para encontrar reflejos de lo familiar, de lo que deseamos, de lo que nosotros mismos quisiéramos ser. Y allí entra la poderosa tentación que es poseer. Queremos algo que llamemos nuestro, una fracción, un instante, un recuerdo, una vida, un todo. Queremos descolgar el cuadro y llevárnoslo a casa. Buscamos una forma de que sea parte de nuestra vida; unos le sacan foto, otros le quitan el marco, algunos lo enrollan, otros lo doblan, e incluso hay quien lo corta en pedacitos para que quepa en la maleta de su propia carga. Y también hay quienes compran un espacio nuevo, pintan paredes, vacían todo un cuarto y le ponen iluminación y clima para admirarlo, para poder adorarlo a sus anchas, en todo su esplendor y su belleza. Hasta allí el ejercicio, porque resulta que ese cuadro está vivo y cambia con la luz y no siempre se ve como esperábamos en nuestra mentecita atribulada. Yo no creo haber sido nunca el cuadro de nadie. Más bien me parece que tengo una fuerte vocación apreciativa. No me llamaría una coleccionista, porque de alguna forma los cuadros terminan quedándose en los museos en los que los encontré, ya sea porque no caben en mi casa, ya sea porque termino comprando reproducciones que ni siquiera cuelgo sino que archivo en mi disco duro. Una escaneada y ya, un poema, probablemente más, alguna canción, a veces un libro, y se cierra la carpeta. La reviso de vez en cuando, la ordeno, desecho documentos, borro datos, agrego detalles. Listo. Y en muy remotos casos vuelvo allí, a admirarlo de nuevo en su estado primario, en horario establecido...
Por eso cuando hablo del amor siempre pienso en Londres. Esa ciudad causó en mí el tercer enamoramiento absoluto de mi vida. Cuando la vi desde el aire, cruzada por el Támesis bajo el sol del atardecer, lloré como una idiota. Me faltaban unos meses para cumplir 20 años, y estaba por primera vez completamente sola, lejos de todo lo que entonces consideraba mío. Amé cada segundo que me perdí en sus calles, cada tarde de lluvia, cada edificio de ladrillo. Y cuando volví a verla sola, once años después, una mujer casada en viaje de trabajo, me entregué a ella como una amante ardiente, recorriéndola sin cansarme, aspirando su aroma queriendo que se quedara en mí para lo que me restaba de vida, asombrándome con la puntualidad de su niebla espesa a las 6 de la tarde en Octubre. Lloré de nuevo pero ahora sabiendo que lo nuestro no sería nunca, que quedarme allí no me haría feliz, que entonces empezaría a sufrir sus precios, su tráfico, sus inclemencias, sus habitantes fríos. Ella es perfecta desde aquí, en la memoria, con el profundo acento, con los pubs olorosos, con su metro ruidoso y sus autobuses rojos. La amo como es, y para eso, debo alejarme y recordarla como un Monet.

La que hoy logró sentarme al fin a escribir y cuyo título tomé prestado para esta que amenazo primera entrega de varias sobre el tema. Starlight, del grupo inglés Muse. En sus propias palabras, mis sentimientos:
I will be chasing a starlight
Until the end of my life
I don't know if it's worth it anymore...

*La imagen: Claude Monet, Das Parlament in London, 1904.

Tuesday, 2 December 2008

No surprises

Hace casi dos años escribí:

El problema es que no siento mi vida como mía. Aprovecho cada momento posible para evadirme. Como un personaje literario, rehuyo los espejos y veo al suelo cuando camino. Diría que lloro por cualquier cosa si no fuera porque no tengo tiempo para llorar y a veces hasta eso requiere una energía de la que carezco. Procuro leer porque evita un poco mi introspección. Me encanta ir al cine para llenar mis ojos con paisajes ajenos. Cada vez más seguido me quito los anteojos para ver lo menos –podría cerrarlos, pero probablemente me dormiría. Me han dicho que soy una persona complicada y una mujer muy inteligente. Me daría orgullo de no ser por los muchos ejemplos a la mano de personas mucho menos “dotadas” pero con mucha más suerte. A mi pesar reconozco que las ventajas que la gente le encuentra a la vida se deben a la ignorancia y al azar. La vida realmente no vale la pena, pero generalmente es demasiado tarde cuando uno se da cuenta. En general sigo aquí por morbo, por ver si acaso existe alguna prueba que defienda el hecho de que uno respire. Y aún peor, que uno haya decidido en un momento de debilidad que era preferible ser que no ser y tenido hijos para compartir esa falacia. Lo triste claro, es que el momento es sólo un momento y ahora no me es posible sostener una hipótesis tan endeble. Mis hijas son maravillosas. Amanda sabe atarse los zapatos y yo jamás le enseñé eso. Es demasiado lista como para ser feliz y eso me da mucha pena. Julia me entristece más porque le veo muchas cosas mías, el carácter, lo apasionada. Tal vez dejar de verme tuviera un efecto positivo. Sé que me quieren, y no quisiera que lo hicieran. No deberíamos encariñarnos con nadie. Al final, no vale la pena. Todos somos eventuales, pasajeros, efímeros. Lo único que tenemos es ahora; y ahora muchas veces es un asco. Pienso que quizá, y ya que no parezco ser capaz de despedirme, debería empezar a hacer conscientes los momentos en los que sí siento que vale la pena estar viva. Tal vez de esa forma pudiera darles algo así como una esperanza y una justificación a mis hijas de por qué están aquí. John Lennon estaba equivocado al decir que la vida era lo que le sucedía a uno mientras estaba ocupado haciendo planes. La vida es lo que sucede mientras, punto. Ojalá hubiera tiempo de planear algo. Sucede mientras duermes, mientras cagas, mientras alguien intenta venderte un seguro, mientras Google te da una respuesta que coincide un 98.5% con tu búsqueda. Sucede mientras el jefe te maltrata, mientras el metro se detiene, mientras te sirves una taza de café, mientras alguien se saca un moco en el auto de al lado. Sucede mientras deseas que suceda todo lo que jamás sucede. Ah, pero hay los que ven el vaso medio lleno, y te mandan mensajes con imágenes de la virgen que acaba de bendecirlos vía internet, y te dicen que des gracias por tener un trabajo de mierda porque hay mucha gente que no tiene ni mierda –ya ni decir trabajo. Y eso es cierto, realmente cada que veo a los muchos jóvenes desempleados que milagrosamente juntan para las varias caguamas del día y, supongo que con muchos esfuerzos, se cooperan para el carrujo de mota y sólo con la buena voluntad de sus padres y madres y vecinos es que tienen estéreo con sus cds del momento y TV para ver el partido (que por cierto no dieron por la señal abierta), entonces verdaderamente me arrepiento de putear. Hay gente jodida, no cabe duda. Y yo tanto que he logrado. Vivo en el departamento de 60 m2 (sí, ya sé, casi dos foxihuevos) en una unidad habitacional en donde lo único residencial es la tarifa del teléfono, construida a mediados de los 60, cuando la gente ni coche tenía y las familias todavía eran de 3 hijos en adelante. El departamento es mío, claro, porque mi abuelo, que vivió en una época en la que sólo con parvulitos se podía hacer dinero, se dejó convencer por su nuera (mi madre), quien luego negoció su propiedad en el divorcio. Y claro, la hija que quedaba viviendo allí se quedó con él –como habían estipulado los esperanzados en que la inteligencia de mi hermana ganaría a la indecisión de mi entonces novio. Tengo un trabajo que no tiene que ver con lo que amo hacer, pero querían a alguien con mi formación y experiencia para hacerlo. O sea, soy un error de elección. Cualquiera con nada de formación pedagógica y un gusto por organizar eventos y vender, sería ideal. Que hayan llegado a la conclusión misteriosa de que querían una “ELT professional” que se creyera que trabajando a las órdenes del imperio iba a llevar todos sus sueños a cabo, y que yo fuera capaz por años de consumir cualquier cosa que tuviera la Union Jack y el acentito pedante de James Bond –incluyendo a Benny Hill, fueron la combinación perfecta para al fin venderme. Resulta que su majestad Elizabeth II me paga y, a pesar de todo lo impresionante que eso suene, ha servido más para hacerme voltear a mi realidad proletaria y sentirme orgullosa de ella, que para reafirmar mi admiración. Hago lo que debo hacer, sí, y me pagan casi tan bien como me explotan. Pero no alcanza. Eso no alcanza para estar feliz. Dice mi jefa que mi trabajo debe gustarme para que salga bien. No lo creo. Es como si pensara que hay que estar enamorado para que un matrimonio dure. Hay cosas que se hacen y funcionan. Eso es todo. Cobro cada quincena y me lleno de ganas de hacer cosas, pero a fin de mes me doy cuenta de que aún no gano lo suficiente para hacerlas. Tengo una hermosa familia. Pero como a mi vida, la veo desde afuera como una foto en la que no me encuentro.

Y el entonces futuro se las arregló para ser un hoy aún más miserable. ¡Es tan lindo vivir...!

Radiohead con su video de No surprises que me describe bien:
"A heart that's full up like a landfill
a job that slowly kills you
bruises that won't heal"
pero, como sabemos, no es sorpresa para nadie.

Thursday, 3 July 2008

Gravity

Gravity is working against me
Gravity wants to bring me down...
John Mayer

Durante mi deprimente búsqueda de trabajo me han surgido varias ideas, una de las menos aburridas es hacer una lista de preguntas estúpidas. Sigo coleccionándolas, al parecer con ese único fin, pero en mi entrevista más reciente surgió una que francamente no puede dejarse para luego, principalmente por todo lo que me hizo pensar. Hay que visualizar el contexto: la dirección de una escuela desconocida en medio de una zona industrial en Azcapotzalco. La directora queriendo jugar su papel seriamente, sentada frente a mí en una oficina en donde hay un espacio ridículo en el que tuve que colocar una silla penosamente para sentarme. Me explica que me hará una serie de preguntas con un fin que no alcanzo a entender del todo, y que debo de contestarlas con lo primero que me venga a la mente. Todas son francamente absurdas, pero he tenido un duro entrenamiento últimamente. De pronto dice: “¿Cómo te gustaría morir?” Yo la miro a los ojos queriendo encontrar algún sentido en eso, mientras mi mente sólo puede producir un “como sea”. Pero la parte mía que aún puede distinguir entre lo que los demás quieren escuchar y lo que no, me hace decir “Supongo que nunca he pensado en el cómo” –y prontas en mi cabeza galopan las palabras cáncer, accidente, sangre, definitivo, agonía, molestias, pronto, tragedia- y compongo un “supongo que de muerte natural” pero Y. se ríe de mí. Y ríe tan fuerte que ahoga el resto del cuestionario. El eco de esa risa no me deja mientras sigo el procedimiento, mientras hablo en inglés, mientras planeo una clase, mientras hago un dibujo idiota y escribo su historia, mientras emprendo el largo camino de vuelta a mi mundo. Sólo me deja en silencio cuando lo cambio por la única respuesta que sé honesta: ¿para qué decir cómo? ¿Para qué desear una forma específica de dejar de existir? ¿Con qué fin si a la vida que nunca ha escuchado mis deseos le he permitido ser hasta ahora, le he dejado decepcionarme una y otra vez, la he continuado cada vez con menos expectativas? ¿Por qué esperar de la muerte algo más bondadoso que su llegada? Dejémonos de trivialidades, de añoranzas, de hipocresías. Con tan sólo llegar me hará feliz. Y nada de lo que dice el mundo cuando lo escucha hace que esa verdad cambie. No hablo de culpas, no hay ningún reclamo. Me place ser quien soy, sin más dimensiones que lo que se ve, sin misterios. Y a través de los años he procurado ver en todo esa misma esencia. Juego, porque es la única forma de vivir, a que aún hay algo por descubrir, a que hay secretos que me serán develados a su tiempo, a que yo misma soy un elemento inacabado. Pero ya es suficiente. Lo digo sin rencor y sin asombro, y ofrezco este recuento para probar que en verdad puedo darme por bien servida.
Yo no soy nada más que un conjunto azaroso de circunstancias. Mi cuerpo cambia con los ciclos lunares, con el clima, con la presión externa y con la altura, incluso con mi posición y mi postura. Envejezco, me oxido, me degrado. Me salen canas, pierdo la vista, me crecen las uñas, mi piel se regenera. La hernia incisional empeora y mejora con mi humor, con el esfuerzo o el descanso diarios, con los estados de cuenta y las frustraciones, al igual que la dermatitis que nunca realmente me ha dejado desde que el primero de mis abuelos lo hizo. Mi mente es otra cosa, pero al final no es nada por sí misma. Da vueltas, se rebela, duele. Muchas veces me excede y me domina, y a veces el alcohol es una cura, pero ni siquiera el sueño la detiene. Amo, como sólo se puede amar por decisión propia, a algunos desafortunados seres vivos y ciertas cosas inertes como los libros, que en ese amor cobran vida propia. Me aman, de a poco y constantemente, de lejos y a veces de cerca. Pero nadie de los que lo hacen lo hace mal, sino de acuerdo a lo que puede amarse a esto que ha quedado descrito como yo.
Mi madre es la mejor madre posible. Es tan buena en su papel que intimida, y lo ha hecho siempre. Nada le es imposible, encuentra tiempo para las cosas más inverosímiles, cumple todo compromiso hasta el exceso. Querer ser como ella es una ambición inalcanzable. Cuando era niña me encantaba dibujar, pero terminé abandonando mis fútiles intentos al ver cómo lo hacía ella. Es y ha sido siempre así, aún a pesar de sí misma. Y por ello la amo.
Mi padre es lo que es, y no hay nada qué hacer al respecto. Está cuando lo veo, y el resto del tiempo se difumina entre mis recuerdos. Cuando caigo en la tentación de pensar que algún día fue diferente me detengo a preguntar si acaso no es más bien que yo era otra. No es abuelo de mis hijas y tampoco es mi padre ahora. Es tan sólo él, y le amo sin remedio.
Mi hermana es mi espejo y yo soy el espejo en que ella se mira. Entre nosotras hay reflejos que sólo la otra conoce. Es el pasado presente y todo lo que nunca pude ser. He aprendido a mirarla hasta la médula, esa que igual podríamos donarnos, y a amarla por errar y por seguir, por acertar y regodearse, por no haber entendido aún que no he cometido menos errores que ella, sino que he hallado la manera de perdonarme más veces.
El amor de mi vida es el mejor hombre que conocí jamás. La persona más constante en su bondad, la más solidaria, aunque no coincidamos en lo que las merece. Me sigue a su paso cuando corro, se detiene a acompañarme mientras respiro, me observa desde lejos cuando intento sanar y cuando me levanto aplaude. Confía, y cuando no lo hace sabe mirar hacia otro lado y actuar como si lo hiciera. Lo llevo hasta los límites, lo desarmo y recojo las piezas para armarlo de nuevo, y sigue estando allí, incólume, silencioso. Pone lastres sobre mí sin los que yo sería tan libre que seguro no tendría raíces y me habría perdido.
Mis hijas están hechas de la materia más perfecta que existe. Tan moldeables y finas que no puedo evitar desear no tener que tocarlas para no dejar huellas en esa superficie brillante y magnífica, para no manchar de forma alguna su identidad y su belleza. Nadie ni nada me ha hecho tener sueños o pesadillas más gozosas ni más aterrantes. Las acaricio y siento lo intangible, lo etéreo, lo fugaz. Las observo con la inexpugnable culpa de haberles dado la vida, de haber deseado que fueran sin poder asegurar su felicidad, de haber pecado tanto de egoísmo como para creerme un día digna de su presencia.
Los amigos son planetas fuera del mío. Tierras que visito de vez en vez para admirar su paisaje, para sufrir su clima, para respirar su aire. Algunos llevan años compartiéndose, desde que estaban en la búsqueda de sus propias montañas, como yo, desde que los habitaban seres ahora extintos y los cubría un follaje exótico y un océano límpido. Otros, ya bien definidos, han dejado que sus volcanes despierten para hacer erupción en mi honor, para cubrir espacios con una lava espesa que poco a poco se convierte en roca de formaciones caprichosas mientras nos consume lentamente. Pasean también por mí, me exploran, abren caminos, quitan la hierba, reacomodan las rocas, riegan los árboles; a veces también recorren rutas conocidas y alimentan los bichos a su paso. Saben decir qué quieren y echar mano de mi aprecio, se hacen oír y temen escucharme, pero aún así lo hacen. Y juegan a alinearse conmigo y a alejarse de mí girando a su ritmo único, siguiendo sus propias órbitas.
También llevo conmigo a los que han muerto. El abuelo amoroso, enorme, sin refinar, riéndose a carcajadas, cargando una bolsa de medicinas, compartiendo los antojos infantiles como otro niño; el segundo en marcharse, por quien comprendí que la vejez no era el solaz ni la satisfacción alcanzada, con el ron en la mano y el olor a cigarro, con la poca paciencia que le quedaba y que ni los polvos de Don Pin Pirulando pudieron extender cuando se encontró solo y ya no tenía sentido pintarse el bigote. La abuela que lo amaba con amor de novela, que crió seis hijos y vio morir a otros tantos en sus brazos, que me enseñó a hacer bombas de chicle hasta que se pegó su dentadura, que nos contó su historia una noche de chicas, acostadas en el suelo, quien jamás regresó completamente luego de haber perdido la independencia que la caracterizaba. Y la última en dejarnos, la de las manos nudosas de las que brotaba una comida fabulosa, la inamovible, de cabello como el mío, quien jamás se perdonó y cargó su vida como un sino, la que quiero que salga a mi encuentro para ayudarme a soportarlo si es que hay algo después de esto.
¿Cómo quiero morir? De cualquier forma. En cualquier momento. Por una vez no seré quisquillosa. Tomo prestadas tus palabras, tío Ernesto, con fines mucho menos ejemplares pero claros, porque la promesa de la muerte es lo único que hace la vida soportable: bienvenida sea.

Un talentoso y bello joven llamado John Mayer, interpretando Gravity, la perfecta canción para este estado; yes, please "Just keep me where the light is"...

Friday, 29 February 2008

Message in a bottle

Primera parte
En la que una serie de eventos se vuelve trascendente

Just a castaway
An island lost at sea…


Una de las cosas que más he gozado en estos tiempos “sabáticos” –que son menos de los que se cuentan si se les resta lo absorbido por el desánimo–, es poder sumergirme en la infinitud de La Red (con mayúsculas, aunque no sea película, con minúsculas si se prefiere www). El punto es que en algún momento de esos me puse a indagar detalles del deceso de Jorge Ibargüengoitia (sí, sí, fan morbosa) y en el camino me topé con el blog de un colimense que resultó haber sido alumno y ahora amigo de alguien a quien conozco (Lázaro levantado de la memoria de los otros para andar por mi vida hace casi tres años), inequívoco manifiesto de que este no es más que un mundito. No resistí preguntar a mi bíblico contacto sobre el fulano, y como resultado obtuve “es brillante”. Tras recuperarme del shock hepático –no sólo por mi envidiosa reacción ante el hecho de que jamás ha emitido tal juicio sobre mí, que también soy su amiga y también escribo, sino porque caí en cuenta de que nunca lo ha dicho sobre ninguna mujer (discurso feminista al día, eso sí)– volví a visitar el citado blog para ver si podía contagiarme de su “brillantez” (maldita sea, sí considero las opiniones de Lázaro valiosas), y tras algunos minutos de exploración me parecieron más interesantes sus vínculos que sus textos (seguramente porque no soy lo suficientemente brillante). Fue así como entré al mundo de la autonombrada reina gato, cuyas anécdotas me atraparon largamente y me hicieron reír, pero ante todo me hicieron recordar.

Segunda parte
En la que se cuenta cuán joven dejé de ser joven

More loneliness
Than any man could bear
Rescue me before I fall into despair…


Hace no tantos años que yo tenía la misma edad que la autora; de hecho se podría decir que somos extremos de una misma generación, pero en el lapso entre sus 24 y mis 33 yo me volví una ruca. Sus vivencias me transladan más bien al último año de preparatoria y los primeros de facultad, llenos de locuras triviales con las amigas, de la vida bipolar obsesiva del hoy que me llevaba a bandear entre lo absolutamente trágico y lo increíblemente dichoso, del futuro impecable, libro abierto plagado de esperanzas y de sueños que sólo podrían cumplirse. Ya para los 24 mi vocación me había hallado, y daba pasos gigantes en mi carrera. Di clases al hijo del secretario de educación pública de entonces, obtuve el respeto de mis colegas en el Anglo (cosa que no fue fácil), me certifiqué como profesora de idioma en la UNAM y me las ingeniaba estupendamente para dar 42 horas clase a la semana divididas en tres escuelas, una de ellas la secundaria donde estudié. Comía mal y dormía poco, acababa de salir victoriosa de una batalla terrible entre mi ego, el amor de mi vida y una tercera infame, recuperaba el contacto con mi hermana y fue el año en que once años y medio de noviazgo dieron paso al trámite legal por el que ahora comparto mi espacio permanentemente. Bebía los fines de semana, casi siempre tequila, y mi tolerancia al alcohol superaba puntualmente a los valientes que me acompañaban. Fumaba más que ahora, supongo, me acababa la cartelera de cine y tenía sexo constante, dedicado y ruidoso.

Tercera parte
En la que se establece la desazón de escribir sin destino

I should have known this right from the start
Only hope can keep me together
Love can mend your life but love can break your heart…


Ahora, esposa, madre y desempleada, me inicio apenas (y a penas) en esto de la gran vitrina, como dice mi hermana. Me exhibo en el ciberespacio, me planto como soy y me develo, en un escenario prestado que por más que quiero hacer mío me recuerda que nací en los setenta, que leer códigos puede volverme loca, que no me es tan natural como a su alteza gatuna robarme un fondo, jugar con los tamaños y colores de fuente, ni siquiera escribir lo que sea que me venga a la cabeza. Me dejo ver por los ojos de cualquiera, pero no quiero que vean cualquier cosa; quiero que vean algo que merezca digerirse, algo que mueva a la opinión, algo que dé ideas, que fomente también la introspección y el diálogo. Quiero que me lean con avidez, quiero causar reacciones, quiero interactuar. Pero lo mío ha de ser mero narcisismo, afanes de narradora frustrada, ansias de aceptación, necesidad de afecto. Porque esta no es más que una botella echada al mar que cambia de mensaje cada tanto, flotando en un océano inconmensurable con miles de kilómetros de costa. ¿Alcanzará tierra firme? ¿Qué manos descubrirán su contenido? ¿Qué miradas desnudarán mi verborrea? ¿Serán ojos amigos? ¿Por qué casi nunca lo sé?
Es entonces cuando rememoro lo que mi utópica e inocente cabecita imaginó al saber que ya era posible comunicarse por escrito de forma inmediata (originalmente por correo electrónico, nada de mensajería instantánea): larga correspondencia con los amigos lejanos, en tiempo y en distancia, poniéndonos al corriente de los detalles que van haciendo la vida. Más tarde, cuando tuve acceso a este mundo, me di cuenta cuán pronto se pierde el entusiasmo. Una vez establecido el estado general de las cosas, los amigos lejanos siguen igual de lejos, los que no eran amigos continúan de esa forma, y las cosas vitales aún viajan por teléfono o nos fuerzan a hacer el espacio para decirse en vivo –y a veces simplemente extienden nuestra lista de pendientes indefinidos antes de olvidarse para siempre. El inbox se mantiene, sin embargo, constantemente lleno de reenvíos: consejos inútiles, historias absurdas, mensajes espirituales (igual o más inútiles y absurdos), chistes que dan la vuelta una y otra vez, en diferentes idiomas, con imágenes y convertidos en una presentación, personas semi o completamente desnudas “para desearte un buen día”, desconocidos de cualquier parte del mundo sufriendo inimaginables accidentes “para que te diviertas”, y un larguísimo etcétera que ya tendrá su propio espacio aquí mismo algún día. La mayoría de ellos no tiene siquiera un saludo ni la opinión de quien lo manda, y en resumidas cuentas nada dicen. Y el messenger con sus diferentes nombres es sólo una versión más de la clásica plática de taxi: el clima, las últimas noticias, el “bien, gracias ¿y tú?”

Cuarta (y última) parte
En la que no queda más que seguir esperando

Seems I'm not alone at being alone
A hundred billion castaways
Looking for a home…


Al parecer no todo mundo corre con la misma suerte (mientras su majestad y otros suertudos reciben comentarios cada día que escriben, yo estoy en ceros). Es quizá eso lo que ha hecho que haya millones de botellas en blogger, myspace y servicios similares. Tantas voces buscando oídos, tantas palabras queriendo cobrar vida al leerse. Seguiré con las mías; este es mi gran monólogo, retomado cuando vuelvo a reunir las ganas. El mismo que me agobia, el que me cansé de continuar por email con quienes creen que la amistad no interactúa, que va sólo en una vía, que no requiere respuestas. Y aunque no sé lidiar con las ausencias y me confieso incapaz de hacer conversación con el mutismo, me enfurezco, me debato, me entristezco, y lo intento de nuevo. I hope that someone gets my...

Versión de Message in a bottle con un Sting hermoso, de voz perfecta y arracada en la oreja, en un concierto en beneficio de Amnistía Internacional (The Secret Policeman's Other Ball, 1982), cantando sin Police: “sending out an SOS...”

P.D. ¡Cómo deseaba publicar con esta fecha que sólo ocurre cada 4 años!

Tuesday, 15 January 2008

And then one day you find ten years have got behind you…

Después de la tercera parte de una vida de trabajo ininterrumpida en lo que considero mi carrera (ELT para los no enterados), pasé a engrosar las filas de los desempleados gracias a una de las tan populares “reestructuraciones” laborales –un eufemismo estúpido para explotar a los que tienen la “suerte” de quedarse y ganar aún más dinero como empresa. Aparte de la angustia y algunos kilos, en estos meses me he hecho acreedora a un pequeño arsenal de asombrosas frases que quisiera compartir como completamente inútiles para el fin con el que fueron expresadas. Dicho fin, supongo, era hacerme sentir mejor, pero como me asaltan las dudas, continúo con mi afán didáctico y comparto las más representativas para que, si usted conoce a alguien que esté pasando por una situación similar (cosa muy probable en este país usurpado por el “presidente del empleo” y sus secuaces), las evite.

“Al menos te liquidaron bien” es una favorita indiscutible. Esa la tuve que escuchar desde el primer día hasta que mi situación dejó de ser noticia, y la oí en varios tonos, desde el que tenía dejo de envidia hasta el que exoneraba a los culpables y los elevaba a la categoría de santos, ejemplificándola con algún caso de los miles a la mano en donde “ni las gracias te dan”. Pero el que habla olvida que no es un regalo sino un derecho, violado u omitido flagrantemente gracias a las sucias políticas laborales de nuestros días. El que una empresa liquide conforme a la ley es una obligación, y no una muestra de buena voluntad. Dejar a alguien sin trabajo sin más justificación que el bien del empleador es una medida desalmada por cualquier lado que se le vea, y con o sin dinero de por medio uno se está quedando sin ingresos quincenales de buenas a primeras.

Una con la que nunca supe si reír o llorar era la clásica “Vas a poder pasar más tiempo con tu familia” No sé de ningún hombre al que la gente se atreva a decirle eso para que se sienta afortunado, y de hecho no solía salir de bocas masculinas. Pero era todavía peor cuando alguna de las féminas que lo pronunciaba agregaba, como para hacerme ver el colmo de mi dicha, “Ya quisiera yo que me dieran una lana y me pudiera quedar en mi casa” ¿Perdón? ¿En verdad creen que trabajan sólo por necesidad? Hay quienes lo hacen, no lo pongo en duda, pero puedo asegurar sin temor a equivocarme que no era el caso de ninguna de las que me lo dijo. ¿No habíamos dejado atrás los días en los que la mujer era la esclava de la casa? ¿Se han dado cuenta de lo que en verdad significa eso? Porque ya hace al menos un par de generaciones en el que las mujeres citadinas no somos criadas para bordar, cocinar y parir ¿eh? No me vengan ahora conque el reconocimiento externo, el éxito profesional y la carrera son mitos urbanos para alejarnos de nuestra verdadera vocación, por favor…

Como indudable ganadora presento una que me quitó el sueño varias noches y me provocó un ataque de bilis: “Bueno, ahora ya sabes qué no hacer”. Esta joyita me la soltó sin previo aviso una tierna jovencita de 19 años que, como afortunada estudiante de tiempo completo, no tiene idea del mundo laboral, y estuve a punto del síncope porque, como una víctima más del recorte de personal, había vivido hasta ese momento con el terror de que alguien pensara que mi despido era justificado. Pero allí comprendí que no existe manera de evitarlo. ¿Cómo creer que mi empleador llegara a decirme que había hecho todo muy bien, que realmente no tenía nada que reclamarme, que sería una pérdida, pero que acababa de dejarme sin trabajo? ¿Cómo no recordar las muchas veces que no dije todo lo que pensaba, las tantas más que extendí el horario, que trabajé en casa, que dormí un par de horas, que dije “sí” a mi costa, que me fumé un cigarro para hiperventilar? Ahora me dan ganas de haberlo dicho todo, de haber cumplido solamente con lo estrictamente necesario, de haber, al menos, mentado un par de madres. Pero lo peor del caso es que entonces la conmovedora frasecita hubiera tenido aún menos sentido porque ahora, en lugar de evitarlo, ya sabría qué hacer para sentirme algo satisfecha y no enfurecida al acordarme de mis jefes.

Y ya que estoy exorcizando algunos de los rencorosos demonios que me rondan gracias a esta experiencia, aprovecho para también poner por escrito otras reacciones que aún no he podido catalogar: la vendedora de cosméticos que me invitó a unírmele, el que me propuso vender dulces y promover revistas, la que no ha sido capaz de hablar del asunto conmigo pero me hizo llegar los clasificados de su periódico, los que cada que me ven me preguntan si ya fui a pedir trabajo... Para ser tantos los que tienen qué decir en estos casos, sorprende que ninguno, salvo mis tres constantes y honrosas excepciones (¡gracias!), ofrezca simplemente un abrazo, llame por teléfono esporádicamente o escriba unas líneas para preguntar: “¿Cómo te sientes?” …y en verdad escuche la respuesta.

Una canción aún más viejita que yo, pero el soundtrack del momento; aquí en vivo en Londres, en 1994 y sin Roger Waters. Si la abren aparte pueden seguir la letra en “About This Video”.

Sunday, 23 December 2007

33

En esta época festiva, mientras aumentan las tazas de suicidio en el mundo, la mercadotécnica invitación a la reflexión (de preferencia no muy profunda) es constante. Para aquellos a los quienes no se les da existen Hallmark, el brindis del bohemio y Tony Camargo que no olvida al año viejo. Por mi parte les comparto una lista –sin orden de importancia ni afán de ser exhaustiva– de razones para celebrar (¡ah! esos pequeños placeres por los que vale la pena vivir), una por cada invierno/navidad/año nuevo/cumpleaños de la firmante:
  1. El café; su olor, su sabor, sus efectos
  2. Londres
  3. La luz del sol entre las hojas de los árboles
  4. Reirse hasta que el estómago duela
  5. Cantar
  6. El cine, siempre en la sala de cine
  7. La poesía
  8. Dormir sin ropa
  9. La risa de mis hijas, las preguntas de mis hijas, los ojos de mis hijas... mis hijas
  10. Los cielos claros y las noches estrelladas
  11. El tacto
  12. La mirada profunda
  13. Morder una manzana
  14. El viento en el rostro
  15. Hacer el amor
  16. Los Hugh: Laurie y Grant
  17. La correspondencia (en varias acepciones y tipos)
  18. Besar largamente
  19. La interacción
  20. La introspección
  21. Apasionarse; la rabia es mi vocación, diría el buen Silvio
  22. Los sueños vívidos
  23. La música
  24. El tejate (en jícara, por favor)
  25. Descalzarse
  26. Los abrazos intensos
  27. Las madrugadas lluviosas
  28. Limpiarse los oídos
  29. El violonchelo
  30. Las disertaciones filosóficas post-coitales (¡mucho más raras que los orgasmos!)
  31. Los paisajes de carretera
  32. Cocinar por (y con) placer
  33. Viajar en avión

El encore: ser efímera.

¿Mis propósitos para el 2008? Practicarlas todas, tenerlas todas, disfrutarlas todas.

La 23 y la 29 juntas: Aire, de la Suite No. 3 en Re mayor de Bach.

Sunday, 23 September 2007

How the end always is

Tanto ruido y al final, por fin el fin.
Joaquín Sabina, “Ruido”

Hace poco recibí la llamada de una de las dos amigas de mi vida, quien me contó, bastante consternada, el último enfrentamiento con su pareja. De pronto me encontré diciéndole que viera esos arranques (que a decir verdad son recurrentes) como el precio de una relación tan pasional como la suya. Y es que la pasión tiene grandes encantos, pero puede resultar cara. Esto me lleva a recordar una plática previa con mi hermana en la que me planteó su teoría de que mis padres tuvieron una relación tormentosa por pasional. A pesar de que al momento de escucharlo me pareció que no habíamos crecido con la misma familia, me dediqué a armar recuerdos y a unir acciones y reacciones. El resultado fue una revelación maravillosa. En efecto, mis padres tuvieron una pasión que llevaron hasta el límite en el que ahora, con más de una década de divorcio formal, no pueden encontrarse en el mismo espacio civilizadamente. Y de niña recuerdo escenas de platos volando encima de nuestras cabezas, azotones de puertas y noches de sueño interrumpidas por gritos, llantos, amenazas de suicidio, e incluso la memorable presencia de un martillo. Pero también recuerdo, adolescente ya, haber tenido que salir huyendo de la habitación de un hotel, con mi hermana a punto del vómito, para dejar de oír lo que los altos techos de una ex hacienda en Morelos sólo amplificaban: mis papás “bañándose” juntos –al menos eso habían dicho que iban a hacer. Y francamente, a mi edad, eso de que mis progenitores hayan tenido una relación consumida por el fuego hasta las cenizas, me causa mucho más confort que espanto. Me parece que todos deberíamos experimentar eso al menos una vez en la vida para decir que pasamos por ella. Incluso las relaciones en apariencia más sencillas, como las amistades, no están exentas de momentos álgidos en los que quisiéramos (o de hecho lo hacemos) colgar el auricular o abandonar la mesa de negociaciones. Para colmo, debo reconocer que personalmente he tenido que cargar con la etiqueta de ser “demasiado” pasional en todos lados, lo que para mí es un absurdo –la pasión carece de calificativos, simplemente es o no es. Eso de que “la pasión es poca” es un eufemismo de que ya no existe. Todas las buenas relaciones deben ser pasionales para poder preciarse de serlo; en los casos en los que se logra su continuidad es generalmente a base de su sacrificio, del ejercicio esporádico de sus virtudes, o del uso de otras cosas (o personas) como válvula de escape. Tenemos a los apasionados del trabajo, a los apasionados de los hijos, a los que coleccionan amantes y a los que combinan un paliativo y otro a lo largo de sus días. Claro que la pasión es también extenuante. Si nos entregáramos a ella totalmente, además de tener que ser altamente creativos, inevitablemente habríamos de verla llegar a su fin. Es como los cerillos, luminosos y fugaces. Por eso la metáfora de la pasión suele ser una vela pero, a menos que se apague de vez en cuando, no hay cera (ni pabilo) que dure para siempre.
Para terminar, propongo un ejercicio: enumere las relaciones importantes de su vida que por alguna causa ya no son. Recuerde cómo acabaron. Si no le causan ahora ningún sentimiento (negativo o positivo), o no fueron tan memorables o usted tiene un alma zen. Existe una tercera opción, y es que, según Gestalt, aún no han cerrado su ciclo. No se ha dado el final porque todavía hay algo en el tintero: aclaraciones, dudas, reclamos, confesiones aplazadas. Se puede vivir así, por supuesto, pero existe la posibilidad de que esas relaciones revivan un día cual Frankenstein, en pedazos, confusas y medio brutas. Esto lo digo, claro, sin querer obstaculizar su monstruoso futuro, pero sustentada en la experiencia propia y en lo que he observado a mi alrededor: las únicas relaciones que mueren en silencio son las que en realidad nunca hicieron ruido.

En honor a 25 años de Ruido de mis papás, Joaquín Sabina y su forma única de cantar verdades...

Saturday, 25 August 2007

Tie another one to your arm, babe...

Cuando uno alcanza la edad adulta, las adicciones parecen una excusa para lograr cosas que de manera regular nos son inalcanzables. Pongamos mi ejemplo: en cuanto estoy sola frente a la pantalla de la computadora tiendo a encender un cigarro. Para mí la mezcla de soledad, tiempo para dar rienda suelta a mis propias preocupaciones y mis desveladas angustias, y la oportunidad de poner en blanco y negro mis introspecciones, me hace sentirme libre. Libre para, entre otras cosas, atentar contra mi salud fumando. Pero ¿por qué el cigarro? No diré la larga lista de cosas que ya sé (y sabemos todos) sobre lo nocivo de meterse a los pulmones el resultado de una combustión maléfica de tabaco y químicos adictivos, ni tampoco argüiré la tan socorrida mentira de que sabe bien. Más bien debo confesar que de alguna extraña manera me brinda la sensación de estar a cargo de mi propia vida, de poseer un cuerpo para echarlo a perder como me de la gana y decidir un poco sobre mi decadencia. Hoy recibimos la noticia de un compañero de trabajo que murió de cáncer el sábado pasado. No me impresiona mucho, ni puedo decir que sienta pena, pero ciertamente me recuerda la tonta decisión que tomo cada vez que inhalo este veneno. Con tantas medidas a favor de los no fumadores, como una muestra más de la hipócrita sociedad en la que me ha tocado vivir, pocas han sido las veces que he tenido que contestar a mis alumnos por qué fumo. Por estupidez, es siempre mi respuesta. Mis padres me inculcaron que era malo, ninguno de los dos fuma ni ha fumado nunca a pesar de que tres de mis abuelos lo hicieron, los maternos por hábito y hasta la muerte, y el paterno por gusto y poco tiempo. Pero no está en la sangre, ni en lo que nos rodea; si bien es cierto que las ansias de pertenecer a un grupo pueden ser poderosas en la adolescencia (y de hecho a lo largo de toda la vida), no fueron nunca la razón de fondo por la que pedí a mis noveles amigas de sexto año de preparatoria que me enseñaran a fumar, sino más bien la idea de que al hacerlo se abrirían las puertas de un camino de experimentación que en ese entonces me parecía muy atractivo. Fumar tabaco era el primer paso para probar la mariguana, y era allí donde quería llegar para develar todos los misterios de la vida. Inocencia juvenil, otra vez. Llegó el momento, varios años más tarde, y entonces descubrí que no era allí donde encontraría las respuestas. No probé más: nunca me sedujo particularmente el alcohol ni el resto de las drogas, y ahora francamente la idea de probar algún estupefaciente o alucinógeno me llena de pereza. Sin embargo no he querido separarme de este vicio por más de dos años seguidos, y en honor de la verdad diré que he adquirido otros. La coca-cola, por ejemplo. Esa sí la disfruto del todo, me encanta como sabe y cómo puede levantar desvelados con su cafeína. Pero prefiero el café, cargado y sin azúcar, para efectos de despabilar los ojos. Soy adicta al amor sin condiciones, a la utópica idea de la amistad auténtica y sincera, a los besos largos y privados, a las noches sin nubes y frías, al sueño que está lleno de vidas alternas, y al poder de la verdad por sobre todas las cosas. Me pronuncio a favor del desorden que lleva dentro una organización indescifrable, y a favor de la muerte que es una incomprendida necesaria. Soy adicta al sufrimiento que me da la ignorancia, el saber que jamás podré saberlo todo, pero lucho contra ella todo el tiempo y, sobre todo, soy adicta a la conversación que siempre abre los ojos y las puertas del alma, aunque no siempre es clara ni efectiva. Y sé que todos somos, de alguna forma u otra, víctimas convencidas de las adicciones. La campaña que suena en todos lados, cuyo lema es “Vive tu vida sin adicciones”, me parece falaz y poco honesta. Incluso poco recomendable. No imagino la civilización como es ahora, si en algún momento de la historia de la humanidad nos hubiera dado por ser completamente sanos. ¿Qué pensarán mis hijas de este mundo de caos? ¿Qué drogas existirán cuando ellas sean jóvenes para sobreponerse a la realidad? ¿Se sumarán a las filas de los vegetarianos, de los libres de sustancias que alteren, de los fat/caffeine/alcohol/lactose/sugar/animal/nicotine-free? ¿Optarán por las versiones light? –como si hubiera una versión light del dolor, de la rabia, de la pobreza...- Desde aquí me planto, hasta ahora a sabiendas de las repercusiones, con el cigarro en mano y la certeza de que nunca he querido vivir para siempre, de que esta envoltura de mí misma está de cualquier forma degenerándose, pudriéndose, muriéndose cada segundo desde que nací, y que de todos modos ¿quién quisiera tenerla intacta? Al menos yo, no, ¿para qué? Como acertadamente dijo Freddie Mercury acompañado por Queen en la canción-tema de Highlander: who wants to live forever when love must die?


El video de Queen interpretando Who wants to live forever con escenas de Highlander (1986), película protagonizada por Christopher Lambert y Sean Connery.

Tuesday, 24 July 2007

Why?

Un día llegué a los treinta. Esta simple oración me hace caer en incontables reflexiones a lo largo de cada día que ha venido ocurriendo desde entonces. El hecho es que de pronto me encontré con que sigo aquí, más allá de lo que uno pasa considerando la juventud durante los previos años, y tengo aún estas ganas, juveniles, digamos, de plasmar en palabras de lo que se ha tratado este viaje a la fecha. Se acumulan los días y la batalla por comenzar parece no poder ser aplazada más. Así que me encuentro en el punto de partida. Hoy, en un breve momento de soledad y café, caí en cuenta de que podría dividir los años anteriores en tres etapas: los 10 primeros años, en los que pasé sorprendiendo a las personas a mi alrededor, un sueño académico, una poeta incipiente, una niña bonita. Pero las sorpresas no eran todas tan buenas: también fui la “niña no”, Y. “Contreras” y más de una vez impresioné a los adultos que me rodeaban con mi falta de diplomacia y mi carencia de tacto. Claramente decía la verdad, como dice el adagio que hacen los niños, pero nunca me pude detener, cosa que debió darles a mis padres (y a mí misma) algún indicio de mi más terrible poder y mi más temido don. De los once a los 15 dejé de preocuparme por ser la estudiante estrella –no tenía caso entrar a una competencia que siempre visualicé ganada por mi hermana-, así que simplemente me dediqué a ser yo, con todos los peligros que ello implica, pero sin preocuparme por nada más. Creé, junto con mi hermana, las reglas del techo que misteriosamente compartimos a una edad absurda; me enamoré de un hombre 11 años mayor que yo y me dediqué a convencerlo (con éxito) de que era la mujer de su vida, levanté cejas, envidias y voluntades, pagué caro todo con un año terrible en una escuela vespertina de la que logré borrar todos los nombres y casi todas las caras de las personas que conocí en ella. Extrañamente allí encontré a la mayoría de los mejores maestros que he tenido, pero como ya dije, ni siquiera puedo recordar con certeza su físico. Cuando cumplí los quince me era bastante claro que la esperanza de mis padres en mí era secundaria, y realmente creía que no podía culparlos. Mi hermana lo era todo, y lo más impresionante, parecía capaz de lograr todo. Esta visión me trajo grandes ventajas. Dejé de sentir presión por realizar sus sueños, me despreocupé totalmente de complacerlos y simplemente me entregué a la búsqueda de un yo que ahora sé que no estaba tan bien plantado. De entonces a los 30 fui un caos de enamoramiento, equivocación y peleas brutales con la vida misma. Pero especialmente la última década me convirtió en quien ahora, y este ahora puede ser volátil, me auto nombro: un ser autónomo, un tanto anciano y por lo tanto achacoso, con una pequeña dosis de sabiduría y muchísima más de incertidumbre. Y llegaron los 30 como un parteaguas a partir del que uno se desliza hacia abajo, con más velocidad de la que quisiera, hacia la decadencia. Porque aunque la expectativa de vida haya aumentado bastante, me tomo de la mano de otros más sabios que yo, como Ernest Hemingway, que decidieron ponerse fin antes de continuar con los sesenta. Esta es la mitad de la línea, la división mortal entre lo hecho y lo que ya no ha de hacerse. Y es que no pasa uno treinta años esperando el momento triunfante de la madurez simplemente para verlo llegar y seguir en el camino, debe haber un punto definido en el que las cosas se conviertan en la delimitación del ser y reviertan la falacia, tan palpable en la inocencia de la juventud, de ser uno la medida de todas las cosas. Pero no me mal entiendan, no me considero la víctima de lo que me rodea, simplemente no creo que haya que pelear más (causa perdida de por sí) para que el mundo se ajuste a lo que una pequeñísima muestra de la capacidad de la naturaleza termina siendo. Gran revelación, por cierto, porque de pronto la vida se convierte en una metáfora marina: dejarse llevar por la marea de vez en cuando es la mejor manera de llegar a la isla que queremos. Ahora entiendo aquello de “dejar ser” y no me causan gran impresión las máximas ideológicas de hallar el propio lugar en el universo. Menos belicosidad corre por mi sangre, que no deseos de que la estancia en esta vida pueda ser más placentera para mí, y por qué no, para una soñadora socialista –como en algún tiempo firmé mis cartas, y en el mayor espectro de socialista como ser social- que comprende su espacio como transitorio y su camino como recorrido por otros pero a la misma vez como único visto por estos ojos únicos. Espero que estos artículos sean, de alguna forma mórbida, una referencia para mi yo futuro y, por lo pronto, la terapia de un yo presente que se ríe de todo y todo toma en serio.