El problema es que no siento mi vida como mía. Aprovecho cada momento posible para evadirme. Como un personaje literario, rehuyo los espejos y veo al suelo cuando camino. Diría que lloro por cualquier cosa si no fuera porque no tengo tiempo para llorar y a veces hasta eso requiere una energía de la que carezco. Procuro leer porque evita un poco mi introspección. Me encanta ir al cine para llenar mis ojos con paisajes ajenos. Cada vez más seguido me quito los anteojos para ver lo menos –podría cerrarlos, pero probablemente me dormiría. Me han dicho que soy una persona complicada y una mujer muy inteligente. Me daría orgullo de no ser por los muchos ejemplos a la mano de personas mucho menos “dotadas” pero con mucha más suerte. A mi pesar reconozco que las ventajas que la gente le encuentra a la vida se deben a la ignorancia y al azar. La vida realmente no vale la pena, pero generalmente es demasiado tarde cuando uno se da cuenta. En general sigo aquí por morbo, por ver si acaso existe alguna prueba que defienda el hecho de que uno respire. Y aún peor, que uno haya decidido en un momento de debilidad que era preferible ser que no ser y tenido hijos para compartir esa falacia. Lo triste claro, es que el momento es sólo un momento y ahora no me es posible sostener una hipótesis tan endeble. Mis hijas son maravillosas. Amanda sabe atarse los zapatos y yo jamás le enseñé eso. Es demasiado lista como para ser feliz y eso me da mucha pena. Julia me entristece más porque le veo muchas cosas mías, el carácter, lo apasionada. Tal vez dejar de verme tuviera un efecto positivo. Sé que me quieren, y no quisiera que lo hicieran. No deberíamos encariñarnos con nadie. Al final, no vale la pena. Todos somos eventuales, pasajeros, efímeros. Lo único que tenemos es ahora; y ahora muchas veces es un asco. Pienso que quizá, y ya que no parezco ser capaz de despedirme, debería empezar a hacer conscientes los momentos en los que sí siento que vale la pena estar viva. Tal vez de esa forma pudiera darles algo así como una esperanza y una justificación a mis hijas de por qué están aquí. John Lennon estaba equivocado al decir que la vida era lo que le sucedía a uno mientras estaba ocupado haciendo planes. La vida es lo que sucede mientras, punto. Ojalá hubiera tiempo de planear algo. Sucede mientras duermes, mientras cagas, mientras alguien intenta venderte un seguro, mientras Google te da una respuesta que coincide un 98.5% con tu búsqueda. Sucede mientras el jefe te maltrata, mientras el metro se detiene, mientras te sirves una taza de café, mientras alguien se saca un moco en el auto de al lado. Sucede mientras deseas que suceda todo lo que jamás sucede. Ah, pero hay los que ven el vaso medio lleno, y te mandan mensajes con imágenes de la virgen que acaba de bendecirlos vía internet, y te dicen que des gracias por tener un trabajo de mierda porque hay mucha gente que no tiene ni mierda –ya ni decir trabajo. Y eso es cierto, realmente cada que veo a los muchos jóvenes desempleados que milagrosamente juntan para las varias caguamas del día y, supongo que con muchos esfuerzos, se cooperan para el carrujo de mota y sólo con la buena voluntad de sus padres y madres y vecinos es que tienen estéreo con sus cds del momento y TV para ver el partido (que por cierto no dieron por la señal abierta), entonces verdaderamente me arrepiento de putear. Hay gente jodida, no cabe duda. Y yo tanto que he logrado. Vivo en el departamento de 60 m2 (sí, ya sé, casi dos foxihuevos) en una unidad habitacional en donde lo único residencial es la tarifa del teléfono, construida a mediados de los 60, cuando la gente ni coche tenía y las familias todavía eran de 3 hijos en adelante. El departamento es mío, claro, porque mi abuelo, que vivió en una época en la que sólo con parvulitos se podía hacer dinero, se dejó convencer por su nuera (mi madre), quien luego negoció su propiedad en el divorcio. Y claro, la hija que quedaba viviendo allí se quedó con él –como habían estipulado los esperanzados en que la inteligencia de mi hermana ganaría a la indecisión de mi entonces novio. Tengo un trabajo que no tiene que ver con lo que amo hacer, pero querían a alguien con mi formación y experiencia para hacerlo. O sea, soy un error de elección. Cualquiera con nada de formación pedagógica y un gusto por organizar eventos y vender, sería ideal. Que hayan llegado a la conclusión misteriosa de que querían una “ELT professional” que se creyera que trabajando a las órdenes del imperio iba a llevar todos sus sueños a cabo, y que yo fuera capaz por años de consumir cualquier cosa que tuviera la Union Jack y el acentito pedante de James Bond –incluyendo a Benny Hill, fueron la combinación perfecta para al fin venderme. Resulta que su majestad Elizabeth II me paga y, a pesar de todo lo impresionante que eso suene, ha servido más para hacerme voltear a mi realidad proletaria y sentirme orgullosa de ella, que para reafirmar mi admiración. Hago lo que debo hacer, sí, y me pagan casi tan bien como me explotan. Pero no alcanza. Eso no alcanza para estar feliz. Dice mi jefa que mi trabajo debe gustarme para que salga bien. No lo creo. Es como si pensara que hay que estar enamorado para que un matrimonio dure. Hay cosas que se hacen y funcionan. Eso es todo. Cobro cada quincena y me lleno de ganas de hacer cosas, pero a fin de mes me doy cuenta de que aún no gano lo suficiente para hacerlas. Tengo una hermosa familia. Pero como a mi vida, la veo desde afuera como una foto en la que no me encuentro.
Tuesday, 2 December 2008
No surprises
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Friday, 29 February 2008
Message in a bottle
En la que una serie de eventos se vuelve trascendente
Just a castaway
An island lost at sea…
En la que se cuenta cuán joven dejé de ser joven
More loneliness
Than any man could bear
Rescue me before I fall into despair…
En la que se establece la desazón de escribir sin destino
I should have known this right from the start
Only hope can keep me together
Love can mend your life but love can break your heart…
Es entonces cuando rememoro lo que mi utópica e inocente cabecita imaginó al saber que ya era posible comunicarse por escrito de forma inmediata (originalmente por correo electrónico, nada de mensajería instantánea): larga correspondencia con los amigos lejanos, en tiempo y en distancia, poniéndonos al corriente de los detalles que van haciendo la vida. Más tarde, cuando tuve acceso a este mundo, me di cuenta cuán pronto se pierde el entusiasmo. Una vez establecido el estado general de las cosas, los amigos lejanos siguen igual de lejos, los que no eran amigos continúan de esa forma, y las cosas vitales aún viajan por teléfono o nos fuerzan a hacer el espacio para decirse en vivo –y a veces simplemente extienden nuestra lista de pendientes indefinidos antes de olvidarse para siempre. El inbox se mantiene, sin embargo, constantemente lleno de reenvíos: consejos inútiles, historias absurdas, mensajes espirituales (igual o más inútiles y absurdos), chistes que dan la vuelta una y otra vez, en diferentes idiomas, con imágenes y convertidos en una presentación, personas semi o completamente desnudas “para desearte un buen día”, desconocidos de cualquier parte del mundo sufriendo inimaginables accidentes “para que te diviertas”, y un larguísimo etcétera que ya tendrá su propio espacio aquí mismo algún día. La mayoría de ellos no tiene siquiera un saludo ni la opinión de quien lo manda, y en resumidas cuentas nada dicen. Y el messenger con sus diferentes nombres es sólo una versión más de la clásica plática de taxi: el clima, las últimas noticias, el “bien, gracias ¿y tú?”
Cuarta (y última) parte
En la que no queda más que seguir esperando
Seems I'm not alone at being alone
A hundred billion castaways
Looking for a home…
Versión de Message in a bottle con un Sting hermoso, de voz perfecta y arracada en la oreja, en un concierto en beneficio de Amnistía Internacional (The Secret Policeman's Other Ball, 1982), cantando sin Police: “sending out an SOS...”
P.D. ¡Cómo deseaba publicar con esta fecha que sólo ocurre cada 4 años!
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Tuesday, 15 January 2008
And then one day you find ten years have got behind you…
Después de la tercera parte de una vida de trabajo ininterrumpida en lo que considero mi carrera (ELT para los no enterados), pasé a engrosar las filas de los desempleados gracias a una de las tan populares “reestructuraciones” laborales –un eufemismo estúpido para explotar a los que tienen la “suerte” de quedarse y ganar aún más dinero como empresa. Aparte de la angustia y algunos kilos, en estos meses me he hecho acreedora a un pequeño arsenal de asombrosas frases que quisiera compartir como completamente inútiles para el fin con el que fueron expresadas. Dicho fin, supongo, era hacerme sentir mejor, pero como me asaltan las dudas, continúo con mi afán didáctico y comparto las más representativas para que, si usted conoce a alguien que esté pasando por una situación similar (cosa muy probable en este país usurpado por el “presidente del empleo” y sus secuaces), las evite.“Al menos te liquidaron bien” es una favorita indiscutible. Esa la tuve que escuchar desde el primer día hasta que mi situación dejó de ser noticia, y la oí en varios tonos, desde el que tenía dejo de envidia hasta el que exoneraba a los culpables y los elevaba a la categoría de santos, ejemplificándola con algún caso de los miles a la mano en donde “ni las gracias te dan”. Pero el que habla olvida que no es un regalo sino un derecho, violado u omitido flagrantemente gracias a las sucias políticas laborales de nuestros días. El que una empresa liquide conforme a la ley es una obligación, y no una muestra de buena voluntad. Dejar a alguien sin trabajo sin más justificación que el bien del empleador es una medida desalmada por cualquier lado que se le vea, y con o sin dinero de por medio uno se está quedando sin ingresos quincenales de buenas a primeras.
Una con la que nunca supe si reír o llorar era la clásica “Vas a poder pasar más tiempo con tu familia” No sé de ningún hombre al que la gente se atreva a decirle eso para que se sienta afortunado, y de hecho no solía salir de bocas masculinas. Pero era todavía peor cuando alguna de las féminas que lo pronunciaba agregaba, como para hacerme ver el colmo de mi dicha, “Ya quisiera yo que me dieran una lana y me pudiera quedar en mi casa” ¿Perdón? ¿En verdad creen que trabajan sólo por necesidad? Hay quienes lo hacen, no lo pongo en duda, pero puedo asegurar sin temor a equivocarme que no era el caso de ninguna de las que me lo dijo. ¿No habíamos dejado atrás los días en los que la mujer era la esclava de la casa? ¿Se han dado cuenta de lo que en verdad significa eso? Porque ya hace al menos un par de generaciones en el que las mujeres citadinas no somos criadas para bordar, cocinar y parir ¿eh? No me vengan ahora conque el reconocimiento externo, el éxito profesional y la carrera son mitos urbanos para alejarnos de nuestra verdadera vocación, por favor…
Como indudable ganadora presento una que me quitó el sueño varias noches y me provocó un ataque de bilis: “Bueno, ahora ya sabes qué no hacer”. Esta joyita me la soltó sin previo aviso una tierna jovencita de 19 años que, como afortunada estudiante de tiempo completo, no tiene idea del mundo laboral, y estuve a punto del síncope porque, como una víctima más del recorte de personal, había vivido hasta ese momento con el terror de que alguien pensara que mi despido era justificado. Pero allí comprendí que no existe manera de evitarlo. ¿Cómo creer que mi empleador llegara a decirme que había hecho todo muy bien, que realmente no tenía nada que reclamarme, que sería una pérdida, pero que acababa de dejarme sin trabajo? ¿Cómo no recordar las muchas veces que no dije todo lo que pensaba, las tantas más que extendí el horario, que trabajé en casa, que dormí un par de horas, que dije “sí” a mi costa, que me fumé un cigarro para hiperventilar? Ahora me dan ganas de haberlo dicho todo, de haber cumplido solamente con lo estrictamente necesario, de haber, al menos, mentado un par de madres. Pero lo peor del caso es que entonces la conmovedora frasecita hubiera tenido aún menos sentido porque ahora, en lugar de evitarlo, ya sabría qué hacer para sentirme algo satisfecha y no enfurecida al acordarme de mis jefes.
Y ya que estoy exorcizando algunos de los rencorosos demonios que me rondan gracias a esta experiencia, aprovecho para también poner por escrito otras reacciones que aún no he podido catalogar: la vendedora de cosméticos que me invitó a unírmele, el que me propuso vender dulces y promover revistas, la que no ha sido capaz de hablar del asunto conmigo pero me hizo llegar los clasificados de su periódico, los que cada que me ven me preguntan si ya fui a pedir trabajo... Para ser tantos los que tienen qué decir en estos casos, sorprende que ninguno, salvo mis tres constantes y honrosas excepciones (¡gracias!), ofrezca simplemente un abrazo, llame por teléfono esporádicamente o escriba unas líneas para preguntar: “¿Cómo te sientes?” …y en verdad escuche la respuesta.
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Sunday, 23 December 2007
33
- El café; su olor, su sabor, sus efectos
- Londres
- La luz del sol entre las hojas de los árboles
- Reirse hasta que el estómago duela
- Cantar
- El cine, siempre en la sala de cine
- La poesía
- Dormir sin ropa
- La risa de mis hijas, las preguntas de mis hijas, los ojos de mis hijas... mis hijas
- Los cielos claros y las noches estrelladas
- El tacto
- La mirada profunda
- Morder una manzana
- El viento en el rostro
- Hacer el amor
- Los Hugh: Laurie y Grant
- La correspondencia (en varias acepciones y tipos)
- Besar largamente
- La interacción
- La introspección
- Apasionarse; la rabia es mi vocación, diría el buen Silvio
- Los sueños vívidos
- La música
- El tejate (en jícara, por favor)
- Descalzarse
- Los abrazos intensos
- Las madrugadas lluviosas
- Limpiarse los oídos
- El violonchelo
- Las disertaciones filosóficas post-coitales (¡mucho más raras que los orgasmos!)
- Los paisajes de carretera
- Cocinar por (y con) placer
- Viajar en avión
El encore: ser efímera.
¿Mis propósitos para el 2008? Practicarlas todas, tenerlas todas, disfrutarlas todas.
La 23 y la 29 juntas: Aire, de la Suite No. 3 en Re mayor de Bach.
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Saturday, 25 August 2007
Tie another one to your arm, babe...
Cuando uno alcanza la edad adulta, las adicciones parecen una excusa para lograr cosas que de manera regular nos son inalcanzables. Pongamos mi ejemplo: en cuanto estoy sola frente a la pantalla de la computadora tiendo a encender un cigarro. Para mí la mezcla de soledad, tiempo para dar rienda suelta a mis propias preocupaciones y mis desveladas angustias, y la oportunidad de poner en blanco y negro mis introspecciones, me hace sentirme libre. Libre para, entre otras cosas, atentar contra mi salud fumando. Pero ¿por qué el cigarro? No diré la larga lista de cosas que ya sé (y sabemos todos) sobre lo nocivo de meterse a los pulmones el resultado de una combustión maléfica de tabaco y químicos adictivos, ni tampoco argüiré la tan socorrida mentira de que sabe bien. Más bien debo confesar que de alguna extraña manera me brinda la sensación de estar a cargo de mi propia vida, de poseer un cuerpo para echarlo a perder como me de la gana y decidir un poco sobre mi decadencia. Hoy recibimos la noticia de un compañero de trabajo que murió de cáncer el sábado pasado. No me impresiona mucho, ni puedo decir que sienta pena, pero ciertamente me recuerda la tonta decisión que tomo cada vez que inhalo este veneno. Con tantas medidas a favor de los no fumadores, como una muestra más de la hipócrita sociedad en la que me ha tocado vivir, pocas han sido las veces que he tenido que contestar a mis alumnos por qué fumo. Por estupidez, es siempre mi respuesta. Mis padres me inculcaron que era malo, ninguno de los dos fuma ni ha fumado nunca a pesar de que tres de mis abuelos lo hicieron, los maternos por hábito y hasta la muerte, y el paterno por gusto y poco tiempo. Pero no está en la sangre, ni en lo que nos rodea; si bien es cierto que las ansias de pertenecer a un grupo pueden ser poderosas en la adolescencia (y de hecho a lo largo de toda la vida), no fueron nunca la razón de fondo por la que pedí a mis noveles amigas de sexto año de preparatoria que me enseñaran a fumar, sino más bien la idea de que al hacerlo se abrirían las puertas de un camino de experimentación que en ese entonces me parecía muy atractivo. Fumar tabaco era el primer paso para probar la mariguana, y era allí donde quería llegar para develar todos los misterios de la vida. Inocencia juvenil, otra vez. Llegó el momento, varios años más tarde, y entonces descubrí que no era allí donde encontraría las respuestas. No probé más: nunca me sedujo particularmente el alcohol ni el resto de las drogas, y ahora francamente la idea de probar algún estupefaciente o alucinógeno me llena de pereza. Sin embargo no he querido separarme de este vicio por más de dos años seguidos, y en honor de la verdad diré que he adquirido otros. La coca-cola, por ejemplo. Esa sí la disfruto del todo, me encanta como sabe y cómo puede levantar desvelados con su cafeína. Pero prefiero el café, cargado y sin azúcar, para efectos de despabilar los ojos. Soy adicta al amor sin condiciones, a la utópica idea de la amistad auténtica y sincera, a los besos largos y privados, a las noches sin nubes y frías, al sueño que está lleno de vidas alternas, y al poder de la verdad por sobre todas las cosas. Me pronuncio a favor del desorden que lleva dentro una organización indescifrable, y a favor de la muerte que es una incomprendida necesaria. Soy adicta al sufrimiento que me da la ignorancia, el saber que jamás podré saberlo todo, pero lucho contra ella todo el tiempo y, sobre todo, soy adicta a la conversación que siempre abre los ojos y las puertas del alma, aunque no siempre es clara ni efectiva. Y sé que todos somos, de alguna forma u otra, víctimas convencidas de las adicciones. La campaña que suena en todos lados, cuyo lema es “Vive tu vida sin adicciones”, me parece falaz y poco honesta. Incluso poco recomendable. No imagino la civilización como es ahora, si en algún momento de la historia de la humanidad nos hubiera dado por ser completamente sanos. ¿Qué pensarán mis hijas de este mundo de caos? ¿Qué drogas existirán cuando ellas sean jóvenes para sobreponerse a la realidad? ¿Se sumarán a las filas de los vegetarianos, de los libres de sustancias que alteren, de los fat/caffeine/alcohol/lactose/sugar/animal/nicotine-free? ¿Optarán por las versiones light? –como si hubiera una versión light del dolor, de la rabia, de la pobreza...- Desde aquí me planto, hasta ahora a sabiendas de las repercusiones, con el cigarro en mano y la certeza de que nunca he querido vivir para siempre, de que esta envoltura de mí misma está de cualquier forma degenerándose, pudriéndose, muriéndose cada segundo desde que nací, y que de todos modos ¿quién quisiera tenerla intacta? Al menos yo, no, ¿para qué? Como acertadamente dijo Freddie Mercury acompañado por Queen en la canción-tema de Highlander: who wants to live forever when love must die?
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